El viernes comenzamos la jornada reuniéndonos en el colegio para poner rumbo a Monreale, un precioso pueblo situado en lo alto de la montaña, muy cerca de Palermo. El camino ya prometía, pero al llegar pudimos disfrutar de un paseo tranquilo por sus calles, observando la vida cotidiana de los vecinos y el ambiente sereno que se respira allí arriba. Era un contraste muy bonito con el bullicio de la ciudad.
La verdadera sorpresa llegó al entrar en la catedral de Monreale. Sus mosaicos de pan de oro nos dejaron completamente impresionados: cada detalle brillaba con una luz especial y parecía contar una historia propia. Pero lo más espectacular estaba aún por llegar. Subimos hasta los techos de la catedral y desde allí vivimos una experiencia difícil de olvidar. Ver el interior desde arriba fue impresionante, pero asomarse al exterior y contemplar todo el valle de Palermo, con la ciudad extendiéndose hasta el “mare”, fue sencillamente mágico. Una panorámica que nos dejó en silencio durante unos segundos.
Sin duda, ha sido uno de los momentos más bonitos del viaje hasta ahora, una mezcla perfecta de arte, historia y paisaje que recordaremos durante mucho tiempo







